La Caída del Oráculo

Un oráculo es la persona a quien todos escuchan, con respeto y veneración, por ser el poseedor de la sabiduría y la autoridad dentro del clan. Su carácter toma ribetes de divinidad, al ser la persona ante cual todos bajan la cabeza para escuchar sin perder un ápice sus reveladoras palabras.

Alan Greenspan, Nueva York 1926,  fue hasta el mes pasado el oráculo de la economía mundial. Presidente de la Reserva Federal durante casi veinte años, durante las administraciones Reagan, Bush, Clinton y Bush junior, dio las pautas a seguir para asfaltar este camino económico que nos llevaría al éxito. El camino hoy es una senda llena de baches en la cual los seguidores acérrimos de la divinidad, los monjes de Wallstreet, pierden la fe en su líder.

Tanto pierden esa fe, que cabe preguntarse: ¿Qué pasó, Alan, en el camino?

 

 

 

Hay varias explicaciones dando vueltas por ahí de la crisis en el “Mercado de Derivados”  y habrá muchas más en el futuro; luego del partido todos son, o somos, entrenadores. Pero más que ahondar en los motivos y sus causas, prefiero centrarme en las diferentes  respuestas, del propio Greenspan, ante los cuestionamientos de su política económica.

 

Hace varios años los detractores de Greenspan vienen cuestionando la desregulación en el mercado de derivados, una respuesta ante estas críticas fue la realizada en el  comité bancario del Senado estadounidense en 2003, en la cual Greenspan argumentó:

“Lo que hemos encontrado a través de los años en el mercado es que los derivados han sido un vehículo extraordinariamente útil para transferir el riesgo desde aquellos que no deberían tomarlo a aquellos que están dispuestos y son capaces de hacerlo”.

 

Estas palabras varoniles, desafiantes, llenas de arrojo y coraje no están en boca de John Wayne o Gary Cooper, cowboys extraordinarios de ese Hollywood de antaño, son salidas de una boquita, y un personaje, un poco más parecido a Woody Allen. La lectura de las palabras deja un sabor a: “Los derivados son para los hombres”.

Los niños de Wallstreet, con esa ganas de creerse el cuento de He-Man y los “Masters of the Universe”, recibieron con agrado único la posta y siguieron con fe ciega los dichos de su Amo. Hoy cuestionan al Oráculo, tratando de echarle las culpas por ese hechizo maléfico en el cual se vieron envueltos. Greenspan sigue hablando y defendiendo su postura, pero sin la magia protectora. He-Man perdió a los “Masters of the Universe” y sin ellos queda huérfano como un Batman sin Robin, un Asterix sin Obelix, o un Mortadelo sin Filemón .

 

El mercado de los derivados creció por arte de magia, desde el 2002, de los 106 billones de dólares a la increíble suma de 531 billones de dólares. Esto creó las dudas sobre la valorización de estos mismos en las diferentes Compañías, la incertidumbre asomó su nariz comenzando el descalabro bursátil.

 

En su discurso en la facultad de derecho de la Universidad de Georgetown, 2 de octubre de 2008, dice:  “En un sistema de mercado basado en la confianza, la reputación tiene un significativo valor económico. Me siento inquieto por lo mucho que hemos descuidado la reputación”.

Más que asumir culpas o aprender de errores el Oráculo nos culpa por perder la “Fe”, si creyéramos más en él no tendríamos problemas, lo que nos pasa es por nuestra culpa, tontos que somos.

 

La caída de firmas como Bear Stearns y Lehman Broters son producto de estar ligadas, ellos y sus clientes, a los derivados. Nada tiene que ver la “Fe”, o la reputación, los derivados tan bien defendidos por el Oráculo son los únicos responsables. Y, de ser cierta esta afirmación, su defensor en todos estos años es, sin duda, el otro culpable.

 

Recordemos las sabias palabras del inversor y filántropo Warren Buffet en 2003: “Grandes niveles de riesgo, particularmente riesgos crediticios, se han concentrado en las manos de pocos operadores de derivados. Los problemas de uno podrían rápidamente infectar a los otros”.

 

El Oráculo re-escribo, 2008, un epílogo a su último libro-memoria-biblia, 2007, “La edad de la turbulencia”: “La gestión de riesgos nunca puede llegar a la perfección”.

Culpa a los banqueros como los únicos villanos: “Apostaron que podrían seguir aumentando sus posiciones riesgosas y aún así venderlas antes del diluvio”.

 

Un Superhéroe, un Oráculo, un Mesías, no puede justificar sus acciones culpando a sus seguidores, esto lo sitúa en un plano terrenal, como el de un General de ejército culpando a sus subalternos por excesos cometidos bajo su mando. No Alan, un Dios debe conservar su divinidad; la única manera es irse al infierno con las botas puestas. Con “sus” botas, sin pedir prestadas excusas terrenales para tratar de arropar errores de procedimiento.

 

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